GUERRERO

viernes, 25 de septiembre de 2015

Chihuahua, México.In Memoriam de Arturo Gámiz y sus compañeros



PROCESO.COM.MX
23 de Septiembre 2015
Al amanecer del 23 de septiembre de 1965, en el ayuntamiento chihuahuense de Madera, 13 guerrilleros pretendieron tomar el cuartel militar de la cabecera municipal. Su intención era hacerse de armas para remontarse a la sierra y desde ahí empezar una revolución, la primera en México de inspiración socialista.
La acción armada fracasó: ocho de los integrantes de esa guerrilla sin nombre murieron ahí mismo.

Pero algunas repercusiones del ataque todavía perduran. Desde entonces empezó la etapa de la historia conocida como Guerra Sucia, durante la cual muchos mexicanos –inspirados por aquel evento– se organizaron en guerrillas que tenían en la mira la construcción de un país socialista y eligieron la vía armada ante la imposibilidad de obtener cambios mediante las urnas.
Los ecos del asalto al cuartel de Ciudad Madera incluso llegaron, tres décadas después, hasta las montañas del sureste mexicano, donde el subcomandante Marcos reconoció como ejemplar e inspiradora la gesta de esos luchadores encabezados por Arturo Gámiz y Pablo Gómez.
 
A partir del ataque al cuartel de Madera, la historia del país tomó un rumbo. Uno que dio cuerpo a la izquierda mexicana y la llevó a transitar por el movimiento del 68, las guerrillas de dos décadas y la organización y resistencia de las sociedades urbanas ante los despotismos del poder autoritario.
Algo especial, pues, tuvo esa acción en Ciudad Madera que aún hoy, a cinco décadas, inspira, persiste en la memoria, se estudia, se analiza.


La primera bala
Carlos Montemayor 

El escritor chihuahuense Carlos Montemayor estudiaba derecho en la UNAM en septiembre de 1965 cuando supo del fallido asalto al cuartel de Ciudad Madera. El episodio lo impactó profundamente, pues algunos de los guerrilleros muertos –injustamente tachados de gavilleros– habían sido sus compañeros en el bachillerato. Para él, entonces, se convirtió en un reto personal contar esa historia. Y lo hizo magistralmente en forma de novela: Las armas del alba (Joaquín Mortiz, 2003), fragmentos de cuyo primer capítulo –en el cual narra la fallida acción insurgente– se publican aquí con la autorización de la viuda del escritor, Susana de la Garza.


Con el primer disparo –le ordenó Arturo Gámiz–, haz blanco en el foco. Será la señal para que ataquemos.­
Ramón Mendoza miró la primera barraca del cuartel. Del marco de la puerta pendía un foco encendido.
–Y que nadie salga vivo de aquella trinchera.
Arturo comprobó la hora: 05:40 de la mañana. La oscuridad era muy densa aún. Ramón Mendoza se situó en su puesto. Salomón Gaytán y Arturo Gámiz avanzaron por el terraplén hacia una especie de muro que se elevaba ligeramente junto a la vía del ferrocarril. Ramón apuntó hacia el foco; mientras cubría la mira con el grano del revólver sintió que estaba a muy corta distancia. Se volvió a mirar hacia atrás; por un momento vio el quieto brillo de las aguas en la laguna. Revisó la puerta de salida y la trinchera que debía mantener bajo control. Volvió a apuntar y disparó. El foco estalló, y como un eco del tiro comenzó a escuchar las detonaciones provenientes de los sitios donde sus compañeros se habían apostado para atacar las barracas del cuartel. Cuatro en la Casa Redonda: Florencio Lugo y Lupito Escóbel*, Martínez Valdivia y Óscar Sandoval; cuatro entre la iglesia y la escuela: Pablo Gómez, Antonio Escóbel,* Miguel Quiñones y Emilio Gámiz. Paco Ornelas solo, por la casa de Pacheco. Y tres ahí, en el terraplén de la vía del ferrocarril. Escuchó los primeros estallidos de granadas y bombillos de dinamita que arrojaron Arturo Gámiz y Salomón Gaytán. Le sorprendió sentir un súbito silencio en las dos barracas del cuartel, como si se hubiera detenido el tiempo y los tiros tardaran en ser reconocidos. Enfundó el revólver y preparó el fusil. Vio aparecer una sombra en la zanja: el primer soldado.

Los soldados terminaron de pasar lista y se dirigieron a la primera barraca del cuartel. Dos secciones avanzaban en fila con platos metálicos en las manos, para desayunar, cuando ocurrió. El sargento se volvió a mirar qué soldado había descargado por equivocación su fusil M-1. Se escucharon nuevos tiros.
–¡Todos al suelo! –ordenó–. ¡A sus armas!
La tercera sección, que se encontraba de guardia, seguramente estaba disparando desde la barraca de dormitorios. Vio a dos soldados heridos. Otro soldado trató de incorporarse junto a él, pero una bala le atravesó el hombro. La luz potente de una locomotora iluminó de pronto a soldados y a atacantes. Entre el ruido de descargas y bombillos de dinamita que empezaban a estallar dentro y fuera del cuartel, se distinguía la voz de un hombre que gritaba exaltado, insistente:
–¡Ríndanse! ¡Ya no tienen remedio! ¡Ríndanse!

Ramón Mendoza disparó a la primera sombra y la vio caer. Otra sombra surgió, queriendo localizarlo, pero la abatió de un tiro. Una más intentó brincar sobre las zanjas y también la vio caer a unos pasos. La sombra de otro soldado trató de mover uno de los cuerpos; Ramón Mendoza disparó muy cerca; la sombra optó por regresar. Volvió a escuchar la explosión de las granadas. Distinguió a Arturo Gámiz; ahora lo vio más lejos. El olor a pólvora era intenso. Otro soldado trató de protegerse junto al muro de la trinchera, preparándose para saltar. Le disparó. El soldado se quedó quieto. Volvió a disparar. El soldado pareció resentir el impacto, pero permaneció en la misma postura. Ramón Mendoza lo observó con atención: el soldado sangraba por la boca y la nariz, ya muerto. Otro más intentó brincar en el sentido opuesto. Disparó sobre él, pero no hizo blanco. Sobrevino un tiroteo muy cercano, posiblemente de Escóbel y de Florencio Lugo. Trató de ubicar los tiros provenientes de la escuela. Escuchó el estallido de varias granadas y distinguió a Salomón Gaytán preparando otro bombillo de dinamita. Volvió a mirar la laguna. Se veía quieta, desocupada. El cielo estaba iluminado y enrojecido; el sol comenzaba a despuntar. Una ametralladora disparaba desde la barraca más grande, la de dormitorios. Oía las voces de Salomón y de Pablo Gómez, gritando a los soldados, exhortándolos a rendirse. Había calma en la zanja y ningún soldado trataba de salir ni de atacar por ahí. Pensó que tenían dominado el cuartel.

Ramón Mendoza sintió algo extraño, como si lo llamaran. Se volvió a mirar la amplitud de la laguna. Le pareció sentir a lo lejos la quietud y la frescura. Pero algo se movía por la parte angosta. Era gente. Iban corriendo. Desde sus pies despuntó un repentino calor que le comenzó a invadir el cuerpo. Eran soldados. Soldados que corrían por la ribera. Por el bordo de la laguna distinguía ahora los uniformes verdes. Era un contingente de más de 50 hombres. Algunos corrían. Otros avanzaban lentamente. Ramón Mendoza sintió más agresivo el olor de la pólvora. Trató en vano de distinguir en el terraplén de las vías de ferrocarril a Arturo Gámiz y a Salomón Gaytán. No escuchaba ya el estallido de las granadas. Siguió atento al contingente que avanzaba, sin descuidar la trinchera del cuartel. Alguien ordenó retirada, a gritos, cuando comenzó a ser intenso el tiroteo de los soldados que corrían por la laguna. La voz de retirada era de Pablo Gómez.
–¡Retirada, vámonos! ¡Retirada!
–¡Espera, espera un momento! –oyó el eco lejano de la voz de Arturo Gámiz.

Florencio Lugo miró hacia el oriente. Aún no despuntaba el sol pero la luz ya aclaraba el mundo, la serranía, los bosques. Por la ribera vio el desplazamiento de soldados. Distinguió a muchos en posición de ataque; los tiros pegaban en las paredes de la Casa Redonda, en la tierra, a su alrededor. Cuando volvió a mirar hacia el cuartel, sintió un golpe en la cadera y luego una quemadura intensa y súbita en la pierna. Comenzó a avanzar por la calle, hacia el poniente, protegiéndose de los proyectiles provenientes de la laguna y de las barracas del cuartel. Estaba sangrando. No sentía dolor, acaso un ligero adormecimiento en la pierna. Al cruzar la primera calle se detuvo; se flexionó, tratando de no concentrarse en el dolor, sino de mover la pierna, de revisar el fusil. Se dio cuenta de que una bala había golpeado primero en el cargador que traía fajado en la cintura y luego descendió, sin penetrar en el músculo, pero acaso hiriendo con esquirlas y quemando.

De pronto, el sol surgió, íntegro, deslumbrante, como una luz de metal incandescente. Francisco Ornelas se sintió parte de un líquido brillante que fundía la tierra, los tiros, los gritos, el calor de los árboles. Se detuvo. Lo envolvió un olor a pólvora y a lona quemada. El sol seguía abriéndose inmenso, inundando el mundo con una luz incontrolable, como si quisiera mostrar la fuerza implacable del alba contra hombres, combates, reclamos, sueños. Escuchó el tiroteo, cada vez más nutrido, desde la laguna. Regresó hacia la casa de Pacheco, junto a la cochera. Dos niños se asomaron. Les ordenó que se retiraran. Los niños permanecieron asombrados tras los cristales de la puerta. Francisco Ornelas se apartó. Atrás de él, a 30 o 40 metros, varias voces reclamaban llorando que habían herido a un muchacho; alguna bala había penetrado la madera o la ventana de una pequeña casa. Temió que dispararan desde allá, que lo acosaran a dos fuegos. Intentó distinguir la posición de sus compañeros. El sol lo seguía cegando. Se aferró al fusil como si fuera otra salida, la madera y el metal de un puente, como si pudiera quedar suspendido, a salvo bajo la luz, en la ciega realidad del arma.

Carlos Montemayor en un retrato de 1996. Foto: Joaquín Cato / Archivo Procesofoto
Lupito Escóbel corrió por la calle, evadiendo los tiros que provenían de los dormitorios y de la laguna. El sol había surgido a su espalda. No podía, no debía detenerse. En la esquina midió el tiempo para correr hacia el canal. A 20 o 30 metros de distancia reconoció a Florencio Lugo, que bajaba por la pendiente. Lo vio avanzar con un ligero movimiento arrítmico en la pierna derecha, atravesar el terreno abierto y detenerse junto al muro de una casa, bajo una ventana. Lo vio doblarse sobre el arma. Escóbel no estaba seguro si su compañero se había caído o se revisaba una herida. Dos soldados aparecieron al fondo de la calle; distinguieron a Florencio y dispararon contra él. Escóbel dirigió su carabina al soldado que iba detrás; tiró del gatillo y lo vio caer. El otro soldado se detuvo y se volvió a mirar. Escóbel apuntó de nuevo; en el momento en que el soldado trataba de localizar quién había atacado, tiró del gatillo. El soldado pareció dar un giro hacia la izquierda, como si su hombro, mientras caía, quisiera liberarse de una soga o de una carga. Escóbel vio a Florencio internarse en los primeros maizales.

Primero lo sintió, luego vio que el tren se movía. Era una locomotora oscura, que avanzaba lenta, pesadamente. Ramón Mendoza distinguió al maquinista en lo alto. Tardó segundos en comprenderlo; le hacía señas para que avanzara. A zancadas llegó al costado de la locomotora, cubriéndose tras de una rueda, sin alejarse de ella, como si fuera un escudo. De pronto, la locomotora aceleró la velocidad. Ramón corrió junto a ella, protegiéndose tras la rueda; oía los proyectiles que provenían de la laguna. La locomotora aceleró aún más. Se alejaban del cuartel rápidamente. La locomotora frenó. Ramón levantó la vista. El conductor a señas le ordenó que cruzara la vía.
–¡Pase! –le ordenó en voz alta–. ¡Pase ahora!

Ramón Mendoza atravesó la vía por delante de la locomotora. Después cruzó el canal y tomó la primera calle. Escuchó que la locomotora volvía a avanzar, lentamente, buscando salir del poblado. Llegó a la casa de Castellanos; se trepó a la barda y brincó. Ya en el corral, una vaca asustada lo embistió; la golpeó en la testuz con la culata del rifle; la bestia bramó y se hizo a un lado. Se propuso atravesar de prisa el corral, pero un perro enorme se interpuso ladrando. Ramón Mendoza extendió hacia el perro negro la culata del rifle M-1, sin tocarlo; el perro pareció comprender; se quedó quieto, gruñendo, con un brillo de precaución en los ojos redondos y claros. El perro abrió el hocico para jadear, sin dejar de mirar alternadamente el arma y a Ramón. Una muchacha de la servidumbre se asomó al corral y llamó al perro.
–Váyase por allá –gritó la muchacha desde la puerta–. Por allá nadie lo verá –insistió, señalando una parte de la barda y el pinar que se extendía fuera del poblado; el perro corrió hacia ella.
Ramón Mendoza brincó la barda. Alcanzó los primeros pinos y decidió regresar hacia el viejo hospital. Escuchó un tiroteo cerca de ahí, muy cerrado. Se detuvo. Cuando el tiroteo cesó, volvió a avanzar, despacio. Salió de los pinos. Estaba la calle vacía. En ese momento se dio cuenta de que desde hacía rato un sabor amargo se le había prendido en la boca. Trató de escupir. No pudo. Ascendió la cuesta y en lo alto buscó un sitio para apostarse. Su rifle estaba listo; la madera y el metal seguían calientes.

Escóbel se desplazó hacia los pinares. Remontó al poniente un largo cercado. Al entrar en el crucero lo distinguió una patrulla de cinco soldados. Se apostó detrás de un tronco de pino, pero los soldados siguieron corriendo, como si intentaran tender un cerco. Sin bajar la carabina, Escóbel decidió rechazarlos en el otro extremo. Corrió con celeridad y volvió a distinguirlos al fondo de la pendiente. Se detuvo, y apuntó al que se hallaba de pie y parecía dar instrucciones; lo situó en la mira y tiró del gatillo. El soldado cayó. Otro de los soldados se acercó. Escóbel disparó de nuevo; se incorporó y siguió corriendo. Llegó a una pendiente donde el pinar era denso. Se apostó detrás de otro pino. La patrulla disparó una vez más contra él, sin mucha precisión. Escóbel apuntó a uno de los soldados que se había retirado a un lado de la pendiente; a través del rifle volvió a reconocer el golpe suave, quieto, cuando se da en el blanco. Los soldados restantes se retiraron. Pensó que regresarían con refuerzos. Mantuvo su posición en lo alto de la pendiente; ahí permaneció un instante breve, tenso, casi insoportable. Cruzó por el pinar, hacia el edificio antiguo del hospital. Corrió con prisa, presionado por el silencio creciente del bosque. Luego se quedó de pie, observando el camino que conducía a Madera. Parecía esperar a alguien, estar a punto de gritarle a alguien.

Florencio se introdujo en la milpa. Avanzó con rapidez en el maizal. Sentía adormecida la pierna. No muy lejos, quizás cerca de los cuarteles, volvió a escuchar un nuevo tiroteo. A veces se confundía el eco de los tiros con el roce de las cañas y las hojas de las mazorcas. Entró en una huerta; la atravesó y cruzó por una pequeña corriente de agua. Siguió el cercado de otra huerta hasta llegar a campo abierto y ascendió la colina donde se elevaba una antena de radio. Hubo un nuevo tiroteo lejos del cuartel, no podía precisar el rumbo. Dio un rodeo por las peñas y entró en el bosque. Debía internarse en la sierra y avanzar hacia Casas Grandes. De pronto le dolió la pierna, una punzada ascendió por el muslo y llegó a la cintura. El pantalón de mezclilla estaba ensangrentado. Trató de concentrarse en el ritmo de sus pasos, para no apoyarse demasiado en la pierna herida.

Ramón Mendoza vio a una persona que corría por la calle. Ajustó el rifle, tenso. La persona fue ascendiendo la cuesta, rápido, aproximándose al viejo hospital. Era Escóbel. Cuando llegó a él, sintió el aroma de la pólvora nuevamente. Era un olor picante, que lo inquietaba, lo alteraba.
–¿Qué pasó? –preguntó Escóbel; parecía reclamo.
Ramón Mendoza tardó en contestar. Ambos quedaron atentos, mirando la cuesta.
–Vendrán sobre nosotros, no tardan –dijo Escóbel.
–¿Oíste el tiroteo hace unos momentos? –preguntó Ramón Mendoza–. Muy cerca de aquí.
–Acabo de detener una patrulla de soldados –respondió Escóbel–. Creo que tumbé a dos de ellos. Ése era el tiroteo.
Ambos siguieron atentos, mirando la cuesta.
–Ya perdimos –comentó Ramón secamente.
Vieron aparecer al fondo de la calle un puñado de soldados. Apuntaron con calma y dispararon contra ellos. Los vieron caer.
–¿Les dimos o sólo se asustaron? –preguntó Escóbel.
–Yo sentí que le di a uno.
Se mantuvieron en el mismo sitio. Aparecieron al fondo más soldados. Volvieron a disparar. También los vieron caer. La calle quedó por un momento desierta. Los soldados permanecían sin moverse. Un vehículo apareció al fondo, desplazándose muy lentamente.
–Es de los inditos –comentó Ramón Mendoza.
Escóbel asintió sin hablar. El vehículo se detuvo. Luego se echó en reversa, con el motor forzado, y se fue.
–Hirieron a Florencio cuando nos retirábamos –comentó Escóbel.­

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