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domingo, 4 de octubre de 2015

México. "Mi padre fue parte del movimiento y cayó preso en 1968"

Mi padre fue uno de los miles de jóvenes que participaron en el movimiento estudiantil de 1968 y a pesar de caer preso, sobrevivió para contarlo, a diferencia de muchos compañeros de su generación.


LA IZQUIERDA DIARIO
Sandra Romero
3 de Octubre 2015
En julio de 1968 mi padre tenía 18 años y era estudiante de la UNAM, en la Preparatoria 1, ubicada entonces en el antiguo Colegio de San Ildefonso, un edificio del siglo XVIII cuya puerta tallada en madera fue destruida por un bazucazo del ejército, la madrugada del 30 de julio de 1968.

Esta fue la primera de una docena de intromisiones militares impuestas por el gobierno, en este caso con paracaidistas y soldados armados contra jóvenes de alrededor de 18 años que defendían la autonomía en su preparatoria.

El 18 de septiembre el ejército toma Ciudad Universitaria y encarcela cerca de 500 estudiantes, 5 días después el rector Barros Sierra renuncia contra la ocupación militar, pero el movimiento le pide retomar el cargo y defender la autonomía.

Ese mismo día se congregan alrededor de 3 mil estudiantes en alrededores de la UNAM y protestan contra la toma militar. En una de ellas detienen a mi padre con decenas de estudiantes, cerca del Parque de la Bombilla.
Con su detención probablemente salvó la vida, 9 días antes de la masacre de Tlatelolco.

Fue enviado directo a Lecumberri, al mismo tiempo que estudiantes politécnicos defienden valientemente sus escuelas de la toma militar. Compartió la cárcel con unos 500 compañeros que fueron detenidos todo el mes de septiembre.

Fue asignado a la crujía “H” junto a decenas de compañeros, eran tantos los compañeros presos en una celda, que por las noches se hacían turnos para poder ponerse en cuclillas un rato e intentar descansar las piernas.

Durante esa semana, todos los días llegaban algunos presos a Lecumberri, pues las redadas del gobierno eran constantes, pero la noche de Tlatelolco, comenzaron a llegar por cientos, golpeados, aterrorizados y con ellos la información circulaba a cuenta gotas, lo que algunos vieron, escucharon, de los compañeros tirados por las balas.

Durante toda esa noche no durmieron, no dejaron de llegar estudiantes y para la madrugada, con una mayor idea de la magnitud de la masacre, a todos les daba mucho gusto ver a sus compañeros vivos.

Algunos jóvenes eran llevados al Campo Militar, donde los torturaron y algunos llegaron días después al “Palacio Negro” como también se conocía a Lecumberri, maltratados y muertos de hambre y de sed, de otros ya no se supo más.
También en Lecumberri torturaron dirigentes, eran sacados de su celda en la noche y devueltos por la mañana.

Así comenzó una nueva resistencia desde prisión, exigir y esperar por su liberación. Los estudiantes realizaban cursos de marxismo en prisión, apretados en grupos de 30 o 40 en una celda.

A mediados de noviembre ingresó José Revueltas, preso por su participación en el movimiento. Ahí permaneció dos años y medio, tiempo en el cual se dedico a escribir su libro El Apando y firmó su libertad en mayo de 1971 “bajo protesta”.

Los cargos contra los alumnos fueron daño en propiedad ajena, lesiones, disparo de arma de fuego, “delitos” que no fueron retirados hasta años la amnistía de 1971, a pesar que obtuvo su libertad la noche de Navidad de 1969, donde mi tía lo esperaba rebosante de alegría con caldo de pollo caliente para cenar.

Cuando se asesina a una generación en lucha, el golpe que queda en la moral de esa juventud es fuertísimo. Los sobrevivientes de este movimiento sacaron lecciones lentamente. Muchos se desmoralizaron y siguieron con su vida, algunos como adultos críticos con una sensibilidad democrática a los problemas que pasan. Otros se fueron a la guerrilla y fueron perseguidos o asesinados la década siguiente, otros comenzaron a formar organizaciones sociales y populares. La mayoría de los que se mantuvieron en la política confluyeron en 1989 con la formación del PRD tras la convocatoria de Cuahtémoc Cárdenas. Algunos, muy pocos se vincularon con las ideas del marxismo, alejados de toda variante estalinista.

Mi padre me explicó que a veces no terminaba por entender qué le hizo falta a esta generación para poder triunfar, pues aunque el autoritarismo y el rol genocida del PRI fueron determinantes, al mismo tiempo la solidaridad de la población era muy grande.

Sin embargo, con el tiempo entendió que los trabajadores pudieron haber jugado un rol más fuerte que llevara su solidaridad a debilitar al régimen, con tomas de fábricas, paros y asambleas que lograran la unidad efectiva del movimiento estudiantil. “Tomad de nuestras frágiles manos, las banderas de lucha” dirían los jóvenes franceses también en 1968.

Un “cerebro histórico” diría Revueltas, que compartió la cárcel con esta generación, un cerebro “que constituye el proletariado de clase, por ende colectivo; una conciencia organizada... del pensar organizado colectivamente”.

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