CAPITALISMO

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viernes, 20 de mayo de 2016

BRASIL: EL FIN DE LAS ILUSIONES



CARABINA 30-30
Por Camilo Ruiz
mayo 2016
Al final de su mandato Lula era probablemente el político más exitoso del hemisferio occidental. Pudo cómodamente hacer presidenta en el 2010 a una mujer completamente desconocida. Aunque con señales amplias de descontento por parte de la clase media y de la juventud, Dilma fue reelecta todavía cómodamente tres años después, en el 2014. El PT había sorteado una crisis económica, el final de la presidencia de su líder máximo y, además, dos enormes escándalos de corrupción.

Las cosas cambiaron completamente en dos años. Varias encuestas mostraban que los índices de aprobación habían caído a cifras de un solo dígito en las semanas anteriores al inicio del proceso de impeachment. El juicio inicial puede ser invertido para resaltar la parábola: Dilma sufrió la mayor caída en popularidad de cualquier político en el hemisferio occidental.

El PT y la izquierda que lo ha defendido –léase Cuauhtémoc Cárdenas, en una de las intervenciones más vergonzosas y delirantes del experredista– han intentado hacer pasar la oposición a Dilma como:

1. una cuestión racial, en la que sólo una clase media blanca y conservadora que odia a los recipiendarios de los programas sociales se moviliza contra la presidenta. Es cierto que entre las filas de los anti-Dilma hay mucha gente que siempre ha odiado al PT, pero que los índices de aprobación sean tan bajos debería ser muestra suficiente de que todos los sectores de la población están descontentos con Dilma.

2. Un plan del imperialismo americano para desestabilizar a “la izquierda nuestramericana”, o algo así. Esto es no entender que la Casa Blanca no está dispuesta a arriesgar una crisis para castigar un mayor acercamiento diplomático entre Brasil, Rusia y China mientras las commodities sigan llegando seguras a sus puertos cada semana.

Pero uno puede ir más lejos: lo más dramático de las protestas es que éstas incluyen a la base social del PT que lo votó en el 2014, bajo la idea de que Dilma no claudicaría ante las exigencias de austeridad de los mercados financieros. Era, por supuesto, una ilusión peligrosa, y es la decepción de su propia base de izquierda la que ha terminado políticamente con el Partido de los Trabajadores.

Pero el PT también perdió el apoyo de buena parte de la burguesía. En primera línea están los sectores financiero y los grandes medios de comunicación. La prueba más clara fueron las increíbles variaciones en la bolsa brasileña de valores en las semanas previas al impeachment. Cuando un nuevo escándalo o fallo judicial manchaban al PT, la bolsa subía; cuando parecía que Lula iba a poder ser nombrado ministro, la bolsa caía.

El PT, pues, ha perdido el apoyo de las dos principales fuerzas que durante más de una década logró conciliar en su seno. Los movimientos sociales de los que surgió hace treinta años lo han abandonado: es demasiado neoliberal, y está demasiado comprometido con la bancada evangélica y terrateniente para poder seriamente encarnar un proyecto nacional que avance los intereses de los oprimidos. La burguesía que finalmente lo aceptó a principios de la década pasada ya no confía más en él: se enriqueció enormemente, pero llegó la época de las vacas flacas. Del amplio espectro político brasileño se pueden sacar mejores representantes para el proyecto de profunda reestructuración neoliberal que la burguesía necesita. El día de hoy el PT se encuentra en un verdadero vacío político y social.

Que los gobiernos Lula-Dilma gobernaron sobre el mayor boom de la economía brasileña y que sacaron a varios millones de la pobreza es un lugar común. También lo es que Brasil sigue siendo, a pesar de los programas sociales del PT, una de las sociedades más desiguales del mundo.

Uno de los fenómenos más importantes de la política mundial de las últimas tres décadas es la erosión de las líneas de diferenciación entre las diferentes corrientes que gobernaron tras la posguerra. Los socialdemócratas atacan los remanentes del estado de bienestar con más celo que los conservadores; Clinton será tan beligerante como Trump.

América Latina constituyó, durante una década, una especie de excepción a esa regla. Nuevos sectores, obreros, indígenas, choferes llegaron a los centros neurálgicos del poder del estado. En algunos momentos y en los países donde los movimientos empujaron más lejos, tanto en su composición como –en menor medida- en sus políticas, esos nuevos movimientos parecieron representar una cierta ruptura con el neoliberalismo de las élites tradicionales. Pero esa excepción se ha cerrado. La principal prueba de sus éxitos es el tamaño de sus derrotas. El proyecto de un modelo post-neoliberal naufragó en algún lugar entre el “post” y el “neoliberal”. Venezuela vive una inflación de proporciones zimbabueanas; Cristina Kirchner salió del poder sin pena ni gloria, tras haber electo como sucesor a un junior de la gran burguesía. Dilma se convirtió en la presidenta más impopular de la historia reciente de su país.

El gobierno de Temer no será en esencia peor de lo que el gobierno Dilma sería si se hubiera evitado el impeachment. Es simbólico que el argumento para destituirla, las pedaleadas fiscales, fueran un mecanismo para poder posponer la aplicación de políticas neoliberales hasta después de asegurada la elección –pero aplicarlas a fin de cuentas, una vez pasada la temporada electoral.

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