jueves, 27 de octubre de 2016

México. La resistencia de los pueblos indígenas contemporáneos

Hoy los pueblos indígenas viven el mayor embate en su contra: sus montes y recursos naturales están en la mira de empresarios, locales y extranjeros, que cuentan con la anuencia de las autoridades mexicanas. La mayoría de las comunidades originarias padecen, además, miseria y discriminación. Pero también están construyendo formas de lucha efectivas para preservar su integridad como colectividades



REVISTA CONTRALÍNEA
GUILLERMO CASTILLO RAMÍREZ
octubre 27, 2016

Aunque la Constitución lo mandata, en este país las autoridades no nos tratan igual a todos. Mire nomás cómo a unos nos tratan mal y nos niegan los derechos por el color de nuestra piel, cómo vivimos y porque no tenemos dinero. Nos discriminan por cómo nos vemos, por la forma en que hablamos y nos vestimos; no nos respetan nuestras costumbres ni nuestras creencias.

A las autoridades de a tiro no les interesamos; a ellos les interesan las empresas, los que tienen dinero. Bien sabemos nosotros que esto no es de hoy, viene de muy atrás. Hemos visto sufrir mucho a nuestros padres y abuelos, hemos visto mucho dolor y mucha sangre. Por eso sabemos que hay que organizarnos y defender nuestras tierras, que nadie más lo va hacer

Anselmo Sánchez, campesino e indígena chiapaneco

Hace más de 2 meses, el 9 de agosto, se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas y, en nuestro país, fue sólo la reiteración de que, en el contexto de una exclusión y un racismo casi omnipresente y crónico, los grupos indígenas están muy lejos de ser tratados como ciudadanos con acceso pleno a sus derechos sociales y de ser reconocidos, respetados y valorados en su diversidad sociocultural.

En el México actual se calcula que hay aproximadamente cerca de 16 millones de personas que forman parte de los pueblos originarios [1]. De éstos, casi 7 millones y medio hablan alguna lengua indígena [2]. Los indígenas, a pesar de que están presentes en gran parte del territorio nacional, tienen mayor presencia en el sur del país –donde se presentan altos índices de marginación–, en estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Yucatán, Quintana Roo, Veracruz, entre otros [3]. El rostro de estos pueblos refleja dos procesos contradictorios y opuestos, pero relacionados entre sí.

Por un lado, una discriminación y marginación histórica y generalizada hacia los indígenas –por el color de su piel y sus formas de vida y costumbres– de parte de otros grupos socioeconómicos y de no pocas autoridades gubernamentales (municipales, estatales y federales). A estos grupos se les excluye tanto porque sus prácticas socioculturales tienen lógicas distintas a las de la modernidad y a los procesos de generación y acumulación de riqueza del capitalismo neoliberal, como por sus precarias situaciones socioeconómicas. Dentro de los indígenas están los sectores de la población que padecen las peores condiciones de vida a nivel nacional. Pese a lo que dice y dicta la ley, en México el Estado trata de manera diferenciada a los ciudadanos y, dentro de los colectivos menos favorecidos por la acción gubernamental, los más olvidados son los pueblos originarios.

Por otra parte, dentro de estos colectivos indígenas se han dado también algunos de los más relevantes procesos de organización social (autonómica) y de defensa del territorio frente a los procesos de despojo por parte de las mineras, las empresas de los parques eólicos y otros megaproyectos de la iniciativa privada y el Estado; experiencias colectivas que proponen formas de vida y convivencia mucho más incluyentes y menos agresivas con la naturaleza, que no se basan en la generación de riquezas que sólo benefician a unos cuantos y, paralelamente, producen una acentuada inequidad y pobreza. Con esto, los pueblos indígenas han mostrado su capacidad de acción social y su papel como actores políticos de primera línea.

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http://www.contralinea.com.mx/archivo-revista/index.php/2016/10/27/la-resistencia-de-los-pueblos-indigenas-contemporaneos/