sábado, 13 de mayo de 2017

Anton Pannekoek y el reformismo



Rolando Astarita [Blog]
Marxismo & Economía
mayo 2017
Una de las cuestiones que más polémicas y divisiones suscitan en la izquierda es la posición que debemos tomar los socialistas frente a las reformas y los gobiernos burgueses reformistas. En otras notas he afirmado que el criterio central con que debemos juzgar la progresividad de las reformas, en tanto subsista el sistema capitalista, es preguntándonos si las mismas fortalecen las posiciones de la clase trabajadora, o las debilitan. A la luz de este criterio se puede evaluar también la progresividad del estatismo (ver aquí), o de movimientos nacionalistas estatistas, como el chavismo (por ejemplo, aquí y aquí).

Pienso, por otra parte, que esta forma de abordar la cuestión ancla en las más profundas tradiciones del pensamiento socialista. Un ejemplo de esta tradición es el folleto “Las divergencias tácticas en el movimiento obrero”, de 1909, escrito por el socialista neerlandés Anton Pannekoek (tomado de http://grupgerminal.org/?q=system/files/materialismo.pdf). Reproduzco algunos pasajes significativos sobre el tema que nos ocupa (también es una forma de rescatar a este autor del relativo olvido en que ha caído en la izquierda).

Sobre las reformas sociales, Pannekoek escribe:

“… las reformas sociales no constituyen, como se afirma frecuentemente, etapas en el camino que lleva a nuestra meta final, en el sentido en que la meta final no sería más que la suma de una serie continua de tales reformas. Actualmente luchamos por medidas que de ningún modo representan una realización parcial de lo que queremos realizar totalmente en la sociedad socialista. Así, las decisiones legales concernientes a la duración del trabajo, la prevención de los accidentes del trabajo, etc., forman parte de las reformas sociales actuales más importantes; pero si ya no hay capitalismo, tales leyes se hacen perfectamente superfluas, como todas las leyes que protegen a los trabajadores contra la arbitrariedad de los capitalistas. Sin embargo, las reformas sociales conseguidas por una dura lucha constituyen etapas en el camino que lleva a la meta final, pero solamente en el sentido en que conllevan un acrecentamiento de nuestro poder. Solo como tales, en tanto que acrecentamiento de poder, tienen valor para el socialismo” (pp. 180-1; énfasis añadido).

Unas páginas antes:

“A veces se defiende la opinión según la cual el fin inmediato de toda nuestra acción consiste en la obtención de reformas. Pero, como ya se ha expuesto aquí, esta concepción es incorrecta. Ciertas reformas que, desde cualquier punto de vista, mejoran las condiciones de vida de los trabajadores, pueden acrecentar el poder del proletariado; pero no siempre es así. Una ley sobre la reducción del tiempo de trabajo puede rehabilitar una capa de obreros completamente desriñonada, degenerada, desmedrada espiritualmente, restablecer su salud, su fuerza física y espiritual, puede permitirle consagrar tiempo al descanso, a las actividades intelectuales, al trabajo de organización, y traer consigo un aumento de su poder. Esto es todavía más válido para leyes que dan a los trabajadores derechos políticos, por ejemplo, el sufragio universal. Pero también puede suceder que, gracias a leyes favorables a los obreros, la burguesía adormezca su conciencia de clase que acababa de despertarse y suscite en los trabajadores la idea de que gracias a la benevolencia de los gobernantes obtendrán más fácilmente mejoras y no por la fuerza de su organización; por tanto, el poder del proletariado no es acrecentado, sino debilitado por la reforma” (pp. 177-8).

De lo anterior no hay que deducir que las luchas por reformas carecen de importancia para los socialistas. Pero es necesario ubicarlas en el marco de la estrategia, del objetivo del socialismo:

“El socialismo intenta conseguir todas las ventajas momentáneas posibles y, sin embargo, no encuentra su fin más que en la revolución futura, el derrocamiento del modo de producción. Por eso no descuida el más pequeño trabajo de hormiga; el trabajo cotidiano lo es todo para él; pero al mismo tiempo su objetivo final revolucionario lo es también todo para él. Utiliza para su combate todas las instituciones de la sociedad capitalista que le ofrecen una posibilidad de aumentar su poder y, sin embargo, se opone duramente a ellas por razones de principio. Se sitúa totalmente en el terreno de lo que existe y, al mismo tiempo, se mantiene en un terreno completamente nuevo, a partir del cual rechaza y critica todo lo que existe” (p. 198).

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Anton Pannekoek y el reformismo
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