domingo, 4 de junio de 2017

“La salida de la crisis, es decir, una nueva fase prolongada de acumulación de capital, no es posible”

Entrevista con François Chesnais


VIENTOSUR
02/06/2017 | Henri Wilno
Para François Chesnais 1/, el capitalismo, inmerso en sus contradicciones internas y también abocado a la crisis ecológica que genera, choca hoy con “límites infranqueables”.
Henri Wilno – El debate entre economistas marxistas sobre las causas de la crisis actual no está cerrado ni mucho menos. ¿Cómo te posicionas en este debate? ¿Cómo se articulan los distintos factores de la crisis?

François Chesnais – El comienzo de la crisis suele datarse a finales de julio y comienzos de agosto de 2007. En estos nueve años transcurridos, mi posición ha evolucionado, por supuesto. En un texto de otoño de 2007 para el congreso Marx International, publicado en el n.° 1 de la revista conjunta A l’Encontre-Carré rouge, dije de inmediato que la crisis había comenzado de una manera muy clásica en el sistema crediticio estadounidense, que se trataba de una crisis de sobreproducción y sobreacumulación basadas en un endeudamiento masivo de las empresas y los hogares, facilitado por medios de ingeniería financiera inéditos y cuyo terreno era el mercado mundial. La crisis de septiembre de 2008 en Wall Street estuvo a punto de llevarse por delante el sistema financiero mundial y provocó una recesión mundial parada al vuelo por China.

Desde una perspectiva mundial, ha habido una reestructuración y no una destrucción del capital productivo. Este no ha sido el caso del capital ficticio, es decir, de los títulos que dan derecho a participar en el reparto de beneficios en el caso de las acciones y obligaciones privadas y, en el de los bonos del Tesoro, a cobrar a través del servicio de la deuda pública con cargo a los ingresos centralizados por el impuesto. Para sus titulares, estos títulos, que deben ser negociables en todo momento en mercados especializados, representan un “capital” del que esperan un rendimiento regular en forma de intereses y dividendos (una “capitalización”). Desde el punto de vista del movimiento del capital que produce valor y plusvalía, no son, en el mejor de los casos, más que el “recuerdo” de una inversión ya realizada, de ahí el término de capital ficticio.

A partir de estas formas primarias, la “ingeniería financiera” ha engendrado formas derivadas (en inglés, derivatives). En mis textos he subrayado la actualidad del “ciclo corto” del capital-dinero (A-A’, es decir, recibir más dinero que el aportado inicialmente), en el que los inversores esperan, sin salir de los mercados financieros, flujos de ingresos regulares “como los perales traen peras” [según una expresión irónica de Marx].

Sobre la cuestión de la tasa de beneficio, en relación con la cual yo no tenía nada que aportar, me he adherido a la posición clásica, que la vincula a la composición orgánica del capital, pero he insistido en la necesidad para el capital industrial de realizar el ciclo completo, A-M-P-M’-A’ (para obtener A’ habiendo adelantado A, hace falta que haya habido compra de fuerza de trabajo, producción y comercialización), y por tanto de interesarse por la demanda. En los últimos meses en que estuve escribiendo Finance Capital Today, cayó en mis manos un texto en inglés de Ernest Mandel de 1986, que no se ha citado nunca o casi nunca, sobre las consecuencias de lo que él llamaba el “robotismo”, que entonces estaba en sus comienzos.

Mandel sostiene en este escrito que “la extensión de la automatización más allá de cierto límite conduce inevitablemente, primero a una reducción del volumen total del valor producido, y después a una reducción del volumen de la plusvalía realizada”. 2/
Veía allí un “límite infranqueable”, portador de una “tendencia del capitalismo al hundimiento final”. La robotización bloquea la posibilidad de rebajar la composición orgánica, es decir, la relación entre la parte constante (el valor de los medios de producción) y la parte variable (el valor de la fuerza de trabajo, la suma de los salarios), de manera que el juego efectivo de los factores que “contrarrestan la baja tendencial de la tasa de beneficio” se torna esporádico y lo que era un límite relativo se convierte en un límite absoluto.

Mucho más recientemente, en un texto clarificador de 2012, Robert Kurz habla de “producción real insuficiente de plusvalía” sobre el trasfondo de la “tercera revolución industrial (la microelectrónica)”. La debilidad de la inversión productiva hace que el capital ficticio viva cada vez más en una esfera cerrada. Los “perales dan menos peras”, salvo en el caso de los bonos del Tesoro, la labor de los operadores consiste en realizar beneficios, minúsculos en la mayoría de transacciones, pasando de un compartimiento del mercado a otro. El resultado es la inestabilidad financiera endémica y la formación de burbujas, que es otro rasgo característico del periodo.

¿Podemos decir que el único horizonte del capitalismo es la perpetuación de esta crisis?

Así lo creo, máxime cuando se producirá un entrelazamiento con los efectos económicos, sociales y políticos del cambio climático. Dos potentes mecanismos, que se calificaban de “procíclicos”, se han vuelto estructurales y favorecen esta situación en que la salida de la crisis, es decir, una nueva fase prolongada de acumulación de capital, ya no es posible. El primer mecanismo está claramente identificado, a saber, la defensa incondicional de las pretensiones de los poseedores de títulos de deuda pública, que implica imponer la austeridad presupuestaria y el ataque a los derechos sociales. El segundo es un mecanismo cuya función empieza a reconocerse, a saber, los efectos de la robotización, cuya ralentización resulta imposible debido a la competencia capitalista, a la disminución tendencial de la plusvalía y a la dificultad de satisfacer a los accionistas. Solo hay que ver lo que está comenzando en el sector bancario, sin duda “la siderurgia de mañana”.

Por otro lado, la crisis económica, al prolongarse, se combinará con los efectos económicos, sociales y políticos del cambio climático; las relaciones que ha establecido el capitalismo con “la naturaleza” han conducido a otro límite, cuya caracterización está en discusión. Marx no podía prever la destrucción por la producción capitalista de los equilibrios ecosistémicos, particularmente de la biosfera. Apenas previó el agotamiento de los suelos por efecto de la industrialización de la producción agrícola. Algunos marxistas, empezando por O’Connor, han tratado de llenar el vacío. Han empezado definiendo la destrucción de los recursos no renovables bajo sus múltiples formas y más tarde el cambio climático como un “límite externo”.

Defiendo la tesis de la internalización del límite, la necesidad ahora de abandonar la oposición entre “contradicción interna” y “contradicción externa” a raíz de la imposibilidad para el capitalismo de modificar sus relaciones con el medio ambiente. En efecto, la valorización sin fin del dinero convertido en capital en un movimiento de producción y venta de mercancías, también sin fin, le impide frenar sus emisiones de gas de efecto invernadero, controlar el ritmo de explotación de los recursos no renovables. El mecanismo que conduce a la “sociedad de consumo” y su insensato despilfarro es el siguiente: para que la autorreproducción del capital sea efectiva, es preciso que el ciclo de valorización se cierre con “éxito”, es decir, que las mercancías fabricadas, la fuerza de trabajo comprada en el “mercado de trabajo” y utilizada de manera discrecional por las empresas en los centros de producción, se vendan.

Para que los accionistas estén satisfechos, hace falta sacar al mercado una vasta cantidad de mercancías que cristalizan el trabajo abstracto contenido en el valor. Para el capital, es absolutamente indiferente que estas mercancías representen realmente “cosas útiles” o que simplemente lo parezcan. Para el capital, la única “utilidad” que cuenta es la que permite obtener beneficios y proseguir el proceso de valorización sin fin, de modo que las empresas se han convertido en maestras en el arte de convencer, mediante la publicidad, a quienes tienen realmente o de forma ficticia (el crédito) el poder adquisitivo de que las mercancías que les ofrecen son “útiles”.

A propósito de la crisis ecológica, para designar la tendencia y señalar las responsabilidades se utiliza a menudo el término “antropoceno”. Tú lo rechazas. ¿Puedes precisar qué hay detrás de este debate?

Lo que está en juego es la necesidad de dar un fundamento sólido al ecosocialismo. No hay que olvidar que el artículo publicado en Inprecor es una traducción de la conclusión de Finance Capital Today. Para mí se trataba de proporcionar a un público anglófono un punto de referencia. El nombre de Jason Moore le es familiar. El término “antropoceno” lo han inventado unos científicos para designar la actual era geológica, que se caracteriza por el hecho de que la “humanidad” se convierte en una fuerza geológica efectiva que altera el conjunto de factores climáticos, geológicos y atmosféricos.

En un trabajo que pretende “multiplicar los puntos de vista”, Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz han propuesto una “lectura ecomarxista del antropoceno”, consistente en “releer la historia del capitalismo bajo el prisma no solo de los efectos sociales negativos de su globalización, como en el marxismo estándar (cf. la noción de ‘sistema-mundo’ de Immanuel Wallerstein y la de ‘intercambio desigual’), sino también de sus metabolismos materiales insostenibles (consistentes en fugas adelante recurrentes hacia la ocupación de nuevos espacios hasta entonces vírgenes, implantando en ellos relaciones extractivistas y capitalistas) y sus impactos ecológicos”. 3/Bonneuil y Fressoz, al igual que Jason Moore, establecen un vínculo entre el cambio de las relaciones del ser humano con la naturaleza, teorizado por Francis Bacon y René Descartes, y el de las relaciones entre los seres humanos con la creación de la esclavitud y después la construcción de la dominación imperialista.

Moore es menos ecuménico que los autores franceses y hunde el clavo. La palabra “capitaloceno” sirve para afirmar que vivimos “la edad del capital” y no la “edad del ser humano”. “La edad del capital” no tiene para él tan solo una acepción económica, sino que designa una manera de organizar la naturaleza, haciendo de la naturaleza un elemento externo al ser humano y también un elemento cheap, en el doble sentido que puede tener esta palabra en inglés: barato, pero también el derivado del verbo cheapen, que significa rebajar, abaratar, degradar. 4/Esto vale para los y las trabajadoras, cuando la intensidad de la explotación del trabajo culmina en las minas y las plantaciones.

Tú reactualizas el debate sobre los límites del capitalismo. Esto realza la importancia de lo que está en juego en el periodo actual. Ahora bien, a diferencia de los años treinta, asistimos sin duda a un ascenso de las fuerzas reaccionarias de todo pelaje, pero no al del movimiento obrero, mientras que el movimiento altermundialista, en el mejor de los casos, está estancado y los ecologistas son capaces de ofrecer resistencias locales feroces, pero no más… En este contexto, ¿cuáles pueden ser las perspectivas y los puntos de apoyo de los marxistas revolucionarios?

Hay que tener cuidado con la analogía de los años treinta, cada vez más marcada por la perspectiva de una nueva guerra mundial. Pero por lo demás tienes razón. Todo está en manos de las y los “de abajo”. El peso del paro lastra las luchas obreras. La tarea del momento es transformar la indignación en cólera en todos los terrenos en que la suscitan las desigualdades, y sembrar sus gérmenes y apoyarla cuando estalle. Es esencial dirigirla contra el capital y la propiedad privada. Las luchas ecologistas sacan fuerza de su convicción y de la delimitación exacta del enemigo. Por el contrario, el movimiento altermundialista se estanca porque ha eliminado el componente anticapitalista que ha tenido en algún momento.

01/04/2017

Publicado originalmente en la revista L’Anticapitaliste n°86 (abril de 2017) :

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