EL SOCIALISTA 389

martes, 25 de julio de 2017

Del socialismo científico al socialismo utópico (pero senil)



Marxismo & Economía
Rolando Astarita
Julio 2017
En la nota anterior (aquí) hice alusión a la diferencia entre el socialismo utópico y el socialismo científico. Dije que los socialistas utópicos oponían un ideal de sociedad justa y racional a la sociedad capitalista, y que el socialismo científico parte de las relaciones de producción y las condiciones materiales existentes en la sociedad actual. También sugerí que hoy muchos grupos que se reivindican marxistas combinan el socialismo vulgar (la atención está puesta en la distribución del ingreso), con un enfoque propio del socialismo utópico

En esta nota amplío sobre esa situación en la izquierda radical, y la diferencia entre el socialismo utópico y el socialismo de Marx y Engels. Naturalmente, el texto de referencia es el folleto de Engels Del socialismo utópico al socialismo científico (o la sección tercera del Anti-Dühring).

El socialismo utópico

Los socialistas utópicos publicaron sus principales trabajos entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Sus principales referentes fueron  Saint-Simon, Francois Marie Charles Fourier y Robert Owen. Escribieron en una época en que el modo de producción capitalista no estaba muy desarrollado, y por lo tanto tampoco la contraposición entre la burguesía y el proletariado. La gran industria en Inglaterra acababa de nacer, y no existía todavía en Francia; en París, el proletariado se confundía con las masas desposeídas y sumergidas. En ese contexto, los socialistas utópicos no veían ningún elemento en la sociedad capaz de actuar como fuerza transformadora. “La sociedad no ofrecía más que abusos y maldades”, escribe Engels. Por eso, trataban de inventar “un nuevo y mejor sistema del orden social, y de decretarlo y concederlo luego a la sociedad desde fuera, mediante la propaganda y, en caso de ser posible, mediante el ejemplo de experimentos modelos”. En otros términos, apelaban a la razón para construir proyectos de una sociedad superior. Es que, en tanto se piense que el mundo en el que vivimos solo es una suma de males y desgracias, no hay posibilidad de desarrollar algo superior “a partir del material histórico presente y cristalizado, y como resultado necesario del mismo” (Engels).

El socialismo científico

El socialismo de Marx y Engels se forma en una época en que el desarrollo capitalista era más elevado, y con ello también más marcada la contradicción entre el capital y el trabajo. A partir de aquí, la crítica marxista de la sociedad burguesa también será muy distinta a la del socialismo utópico. Es que en lugar de ver a la sociedad burguesa como un mero compendio de males, Marx y Engels destacaron su carácter contradictorio: por un lado, desarrollo de las fuerzas productivas, socialización del trabajo, formación de un mercado mundial. Por el otro, explotación, polarización social, crisis periódicas, ejércitos de desocupados. Y es precisamente este carácter contradictorio lo que permite elaborar una crítica interna del modo de producción capitalista, para encontrar en su propio desarrollo las palancas de su eventual transformación. Se trata de un enfoque muy distinto del que prima hoy en la mayor parte de la izquierda. Al respecto, recuerdo que hace algunos años, un dirigente de un grupo trotskista argentino repetía insistentemente “el mundo es inmundo”. Creía que con eso estaba sentando una crítica “demoledora” a la sociedad actual, pero en realidad se trataba de un eslogan superficial. ¿Por qué superficial? Pues porque pasaba por alto las contradicciones reales de la sociedad capitalista. Y con ello, anulaba la posibilidad misma de la crítica radical (¿hay que recordar que la contradicción es el motor último de todo cambio?). Además, si en el mundo no hay más que inmundicia, solo resta armar un plan de transformación social sacado de la cabeza, por fuera de lo existente. De ahí la tendencia a proclamar “tenemos el plan salvador, crean en nosotros”.

Dada la confusión que hay sobre estas cuestiones, explicamos el abordaje del socialismo científico con un ejemplo. Sabemos que una tendencia inherente al capitalismo es el impulso a crear un mercado mundial. Frente a esto, una respuesta posible es no ver en ello más que males, y oponerle un programa y política que apunte a reconducir a las fuerzas productivas al interior de las fronteras nacionales. El marxismo, por el contrario, destaca el carácter contradictorio de la globalización del capital: por una parte agudiza las presiones sobre el trabajo, destruye industrias tradicionales y exacerba las presiones competitivas. Por otra parte, genera las condiciones materiales y sociales para avanzar el programa internacionalista del movimiento obrero y eliminar las fronteras nacionales. El llamado a los proletarios del mundo a unirse, de El Manifiesto Comunista, tiene apoyo en este aspecto dual, contradictorio, de la mundialización del capital.

Algo similar podemos decir, por ejemplo, sobre la introducción de la maquinaria; o sobre el impulso a la concentración y centralización del capital. Los socialistas idealistas condenan a la máquina y la tecnología; o reclaman una vuelta a la pequeña producción. Los marxistas, en cambio, consideran que oponerse al avance tecnológico es reaccionario; y que también es un retroceso volver de la gran producción a la pequeña producción. En consecuencia, plantean la necesidad de acabar con la propiedad privada del capital para poner a la máquina, y a la gran industria, bajo el control de los productores. Más aún, es la socialización de la producción, que acompaña a la gran industria, la que hace posible y necesario acabar con la propiedad privada del capital. El criterio siempre es el mismo, y es sintetizado por Engels: “…los medios para eliminar los males descubiertos tienen que hallarse también, más o menos desarrollados, en las cambiadas relaciones de producción. Esos medios no tienen que inventarse con sólo la cabeza, sino que tienen que descubrirse, usando la cabeza, en los hechos materiales de la producción”.

La aparición del socialismo científico representa entonces un giro copernicano con respecto al socialismo utópico. En palabras de Lenin:

“La novedad [introducida por Marx y Engels] consiste en que los socialistas anteriores, para fundamentar sus concepciones consideraban suficiente demostrar la opresión de las masas bajo el régimen existente, la superioridad de un régimen en el que cada uno reciba lo que haya elaborado, demostrar que tal régimen ideal se corresponde a la ‘naturaleza humana’, al concepto de una vida racional y moral, etcétera. Marx entendía que era imposible conformarse con semejante socialismo. No se limitó a caracterizar el régimen existente, a juzgarlo y condenarlo: le dio una explicación científica… Tampoco creía posible Marx conformarse con la afirmación de que solo el régimen socialista corresponde a la naturaleza humana, como sostenían los grandes socialistas utópicos y sus pobres epígonos, los sociólogos subjetivistas. Con el mismo análisis objetivo del  régimen capitalista demostró la necesidad de su transformación en régimen socialista. (…) De ahí que los marxistas hablen con frecuencia de la necesidad” (¿Quiénes son los amigos del pueblo?).

Pero además, esa explicación científica de la que habla Lenin solo es posible si se reconoce que existen leyes sociales que se imponen de manera objetiva. La ley del valor trabajo, por ejemplo, proporcionó una base científica para la crítica del sistema capitalista, y permitió establecer una conexión interna entre el valor, el capital y la plusvalía, la dinámica de la acumulación y las crisis. De nuevo, el marxismo no rechaza el mercado o la relación capitalista pretendiendo desconocer la realidad de estas leyes, sino que la crítica se asienta precisamente en su conocimiento.

Todo esto se puede sintetizar en que el marxismo, en oposición al socialismo utópico y a todo tipo de socialismos vulgares, procura desarrollar nuevos principios a base de los principios del mundo. Marx explicitó este criterio en una carta a Ruge, de septiembre de 1843. El pasaje es muy conocido:

“No comparecemos, pues, ante el mundo en actitud doctrinaria, con un nuevo principio: ¡He aquí la verdad, postraros de hinojos ante ella! Desarrollaremos ante el mundo, a base de los principios del mundo, nuevos principios. No le diremos; desiste de tus luchas, que son cosa necia; nosotros nos encargaremos de gritarte la verdadera consigna de lucha. Nos limitaremos a mostrarle por qué se lucha, en verdad, y la conciencia es algo que tendrá necesariamente que asimilarse, aunque no quiera”.

Volvieron al socialismo utópico (pero senil)

Todas estas cuestiones constituyeron adquisiciones teóricas del movimiento socialista, orientado por Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Bebel y otros líderes. Por supuesto, podían existir muchas diferencias tácticas y políticas, pero había acuerdo sobre estos principios.

Hoy la situación es la opuesta. Las más variadas expresiones de un marxismo marcadamente nacionalista y estatista se combinan con un enfoque idealista. Incluso muchos de los grupos políticos que se presentan ante la opinión pública como los más radicalizados adoptan, de hecho, el viejo enfoque del socialismo utópico. Lo hacen porque están empeñados en ofrecerles a los trabajadores y oprimidos toda clase de recetas-solución, haciendo abstracción de las condiciones materiales, las relaciones sociales y las leyes objetivas del capitalismo. Por eso hablo de utopismo socialista, pero senil, ya que vivimos en una época de relaciones capitalistas plenamente desarrolladas. Representa pues un retroceso en el campo de la teoría (y por ende, de la política).

Tal vez la demostración más cercana y personal que tengo de esta situación sea la reacción que han provocado las últimas notas que publiqué. Cuando dije que, según el marxismo, es imposible acabar con la desocupación en tanto exista el capitalismo, recibí una andanada de críticas. Lo que más pareció enojar a los críticos es que se popularice una idea tan elemental. Y aunque el caso está vinculado a la propaganda electoral en Argentina, el problema es más general. También molesta si afirmo que es imposible frenar los despidos votando leyes en el Parlamento burgués; o que no se puede manejar a voluntad la ley del valor con remiendos estatistas; o que es imposible soñar con el control obrero del Estado (o del ejército burgués, por ejemplo). O incluso, provocó fuerte rechazo la tesis de que las relaciones de distribución están condicionadas por las relaciones de producción. En el extremo, se llegó a decir que es una posición “de derecha” sostener que la posibilidad de distribución de bienes de consumo tiene como base material la producción de esos bienes.

Estamos metidos en un pozo teórico. En otra nota (aquí) escribí que han convertido El Capital en un texto “para los días de fiesta”, pero la afirmación se aplica también a los escritos más elementales y conocidos del  marxismo. Se trata de una reacción en toda la línea, para la que no hay soluciones fáciles. En cualquier caso, es necesario rearmarse teórica y políticamente. Para eso. reflexionar en profundidad sobre el viejo texto de Engels, y el socialismo utópico y el socialismo científico puede ser un primer paso. Hay que volver a lo básico.

ver más:
https://rolandoastarita.blog/2017/07/24/del-socialismo-cientifico-al-socialismo-utopico-pero-senil/