Periódico El Socialista

jueves, 7 de diciembre de 2017

Recuerdos sobre Lenin


Partido Obrero Socialista
octubre 2017
John Reed dejó dos semblanzas sobre Lenin, el jefe de la revolución de octubre-noviembre.
Así lo vio:
“Una tempestad de aclamaciones anunció la entrada al auditorio de Lenin, el gran Lenin.
Era hombre de baja estatura, fornido, la gran cabeza redonda y calva hundida en los
hombros, ojos pequeños, nariz roma, boca grande y generosa, el mentón pesado.

Estaba completamente afeitado, pero ya su barba, tan conocida antaño, y que ahora sería eterna,
comenzaba a erizar sus facciones. Su chaqueta estaba raída, los pantalones eran demasiado
largos para él. Aunque no se prestaba mucho, físicamente, para ser el ídolo de las
multitudes, fue querido y venerado como pocos jefes en el curso de la historia. Un extraño
jefe popular, que lo era solamente por la potencia del espíritu.

Sin brillo, sin humor,intransigente y frío, sin ninguna particularidad, pintoresca, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar concretamente las situaciones, y dueño
de la mayor audacia intelectual.”

Un segundo recuerdo sobre Lenin es en el segundo congreso de los soviets, cuando estos
anuncian que se hacen del poder.
“Lenin se puso en pie. Manteniéndose en el borde de la tribuna, paseó sobre los asistentes
sus ojillos semicerrados, aparentemente insensible a la inmensa ovación, que se prolongó
durante varios minutos. Cuando ésta hubo terminado, dijo simplemente:
-Ahora procederemos a la edificación del orden socialista.

Nuevamente se produjo en la sala un fuerte rugido humano.
—En primer lugar, es preciso adoptar medidas prácticas para la consecución de la
paz. Ofreceremos la paz a todos los pueblos de los países beligerantes a base de las
condiciones soviéticas: nada de anexiones, nada de indemnizaciones, derecho de los
pueblos a determinar su propia existencia... La cuestión de la guerra y la paz es tan clara
que creo poder dar lectura, sin más preámbulo, a un proyecto de proclama a los pueblos
de todos los países beligerantes. . .

Su boca grande, que parecía sonreír, se abrió enteramente mientras hablaba; su voz era
ronca, pero no desagradable; estaba como endurecido por años y años de discursos; surgía
en un tono uniforme, y daba la impresión de que no se detendría jamás... Cuando
quería subrayar una idea, se inclinaba ligeramente hacia adelante. Ni un solo gesto. A
sus pies, un millar de rostros sencillos se alzaban hacia él en una especie de intensa
adoración.

Cuando se calmó la tempestad de aplausos, Lenin prosiguió:
—Proponemos al Congreso que ratifique esta declaración. La dirigimos a los gobiernos
y a los pueblos, porque, de dirigirla solamente a los pueblos de los países beligerantes,
podríamos retrasar la concertación de la paz.

-La revolución de los días 6 y 7 -concluyó Lenin- ha abierto la era de la revolución
social. . . El movimiento obrero, en nombre de la paz y el socialismo, vencerá y cumplirá
su destino. . .

“Había en todo aquello algo tranquilo y potente, que conmovía las almas. Se comprendía
por qué la multitud tenía fe en Lenin cuando hablaba.”